La UE vs la posverdad

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Las instituciones europeas tienen un problema de comunicación y en la era de la posverdad sólo puede ir a peor

La idea que la Unión Europea tiene un problema de comunicación es tan vieja como la misma institución. “No hablamos con aquellos a los que gobernamos”, decía Juncker en el último discurso del estado de la unión. Otra queja recurrente es que los medios de comunicación ofrecen una mala imagen de la UE. Como si el trabajo de los medios de comunicación fuera hablar bien de las instituciones.

Cuando Juncker dice que quiere comunicar mejor espero que no se refiera a dar la monserga con lo del gran proyecto de paz que evita guerras entre países o el milagro económico que ha supuesto la integración (que no lo ha sido para todos), porque no va a ser suficiente. En el contexto actual la UE debe dejar de justificarse con los grandes relatos sobre las bondades de la integración. Eso es muy siglo XX. La era de la posverdad ya no va de eso.

El concepto de política posverdad (post-truth politics) está de moda. Últimamente abunda en los medios de comunicación. Lo popularizó sobretodo la revista The Economist en el artículo Art of the lie, publicado hace un par de meses. Sin embargo, el concepto es bastante antiguo: su invención se atribuye al académico Ralph Keyes, y ya circulaba hace más de diez años para describir las razones de la administración Bush para invadir Iraq.

The Economist - Art of the lie
Portada del The Economist (10/09/2016)

La política de la posverdad se refiere al hecho que cada vez más los debates políticos giran entorno a emociones o a percepciones desligadas de la realidad en lugar de basarse en hechos o estudios científicos fundados. Los políticos siempre han mentido, viene a ser la tesis del semanario británico, pero ahora lo hacen apelando a prejuicios y las emociones más inmediatas de los votantes. Es una política basada en las vísceras y no en los sesos.

A ese fenómeno contribuye la desconfianza que muchos ciudadanos profesan a las instituciones que suelen argumentar con los hechos al lado: expertos, académicos y determinados medios de comunicación e instituciones. Para muchos ciudadanos, si la institución no les merece su confianza, los hechos que difunde dejan de tener valor. Es entonces cuando estos mismos ciudadanos están más predispuestos a creer en lo cualquier político de lengua larga e inclinación populista dice, por mucho que haya evidencias que desmienten la afirmación. Por lo tanto, la diferencia con la mentira política de toda la vida es que algunos políticos ya no la practican para ocultar algún tipo de verdad (léase Watergate), es que la verdad en sí misma deja de ser relevante.

A estas alturas yo os debe estar rondando por la cabeza el nombre de Donald Trump. Efectivamente, para el The Economist el presidente que ha ganado con un 70% de afirmaciones falsas, es el epítome de la posverdad. Las hay de todo color: sembrar la duda sobre la nacionalidad de Obama, decir que la mayoría de mejicanos que van a los EUA son violadores y traficantes o insinuar que Obama y Hillary co-fundaron Estado Islámico. Todas afirmaciones más propias de un troll de internet que de un presidente elegido por 60 millones de personas.

Pero en lugar de repasar las peores astracanadas de Trump, de sobra conocidas, me centraré en un ejemplo de posverdad más ilustrativo y sutil, también en los EUA.

Es un hecho que durante la era Obama el crimen en EEUU ha bajado y así lo reflejan las estadísticas del FBI. Sin embargo, durante las primarias republicanos los candidatos (Trump inclusive) se empeñaban en decir que el crimen ha aumentado. Esto es lo que decía Newt Gingrich cuando una presentadora de la CNN desmonta su afirmación con las estadísticas del FBI:

NG: El americano medio no piensa que el crimen haya bajado y ni cree que estamos más seguros.

CNN: Pero sí que ha bajado y sí que estamos más seguros.

NG: No, esto es tu opinión.

CNN: ¡Son hechos! ¡Son hechos del FBI!

NG: No. Lo que yo digo también es un hecho. Los demócratas tienen un puñado de estadísticas que en teoría pueden tener razón, pero esto no es lo que somos los humanos.

CNN: Pero son las estadísticas del FBI. No son una organización demócrata.

NG: No. Pero lo que yo he dicho también es verdad. La gente se siente más amenazada.

CNN: Lo sienten… ¡pero los hechos no lo apoyan!

NG: Como candidato político yo voy con lo que siente la gente y dejo la teoría para ti.

La conversación muestra perfectamente el perverso mecanismo. Los republicanos van diciendo por doquier que los estadounidenses se sienten más amenazados sin ningún tipo de apoyo factual. Como consecuencia, los estadounidenses empiezan a sentirse más amenazados, lo cuál permite a los republicanos continuar diciendo que los ciudadanos se sienten amenazados. Y así pueden utilizar la inseguridad como arma contra los demócratas.

¿Cuáles son las causas del auge de la posverdad? Podemos pensar en muchas: Una ciudadanía desilusionada con las instituciones que se refugia en el terreno de los sentimientos más inmediatos, la nueva comunicación descentralizada, las redes sociales… Y los errores pasados también cuentan. ¿Acaso no había expertos que nos decían que Saddam tenía bombas de destrucción masiva o que el euro iba a ser genial? Si ya no podemos confiar en ellos, ¿en quién podemos confiar? Hay muchas implicaciones a considerar, como cuál es el papel del periodismo en este ambiente – el New York Times se lo planteaba mientras cubría la campaña de Trump – y si las redes sociales son parte del problema o de la solución.

Pero volvamos a Europa.

¿Se puede vincular el concepto de posverdad con el clima de impopularidad de la UE? Parece que sí. Para el The Economist la campaña del Brexit fue otro ejemplo de política de la posverdad. Por ejemplo, la campaña del Leave afirmaba que la UE tiene un coste para el Reino Unido de 420 millones de euros (£350) por semana. Afirmaba, además, que de haber Brexit, podrían utilizar estos fondos en el sistema público de sanidad – algo que Nigel Farage reconoció como un error.  La campaña del Leave afirmaba también que la entrada de Turquía a la UE era inminente y acarrearía una ola migratoria de proporciones bíblicas. Todas afirmaciones que no tenían ninguna base real más allá de que conectaban con algunas de las preocupaciones más básicas de los votantes: la inmigración y la sanidad pública.

Autobús de la campaña 'Leave' REUTERS/Darren Staples
Autobús de la campaña ‘Leave’ REUTERS/Darren Staples

Quizá la consumación del Brexit sea el toque de atención que requerían los líderes europeos para darse cuenta del problema. Están al tanto del tema y lo han verbalizado en público.

Entre la resaca de la recesión, la crisis de los refugiados, la austeridad y la camarilla de populistas de derechas que convencen a ciertos sectores de la población, la UE debe llevar su comunicación a otro nivel para volver a conectar con muchos de sus ciudadanos.

Para empezar, las instituciones europeas deben abandonar la elitista idea que algunos ciudadanos no consiguen entender los beneficios de la integración y que los que apoyan las fuerzas populistas aún no han sido iluminados. Mientras la UE sea el club de “la gente sensata y razonable que nos entiende”, seguirá perpetuando la imagen de institución encerrada en una torre de marfil.

Las instituciones tienen que encontrar mejores argumentos para defender sus políticas, unos que conecten de forma clara con la realidad de los ciudadanos. Este análisis, por ejemplo, critica que la UE no comunica bien el TTIP porque le falta “una estrategia de comunicación centrada en historias basadas en experiencias reales de las comunidades locales, historias que conecten con los intereses de la gente y muestren que el TTIP ofrecerá beneficios importantes”. De lo contrario, ante la falta de ejemplos concretos sobre como el TTIP es beneficioso, uno tiende a pensar que no lo es.

Este tipo de déficit comunicativo ofrece un campo fértil para los partidos populistas. Es fácil para ellos rellenar los huecos vacíos con mensajes que apelan a los sentimientos más primarios de los votantes. En la era de la posverdad, esas ruedas de prensa donde un funcionario suelta el sermón, lo aliña con cuatro o cinco datos más o menos relevantes y esquiva un par de preguntas de los periodistas ya no bastan. No es un método efectivo para llegar a los ciudadanos, ni mucho menos para explicar el proyecto europeo.

No pretendo aportar una solución mágica, sino más bien señalar el problema. Una idea interesante la tiene Giles Merrit ex-Financial Times y fundador del think tank Friends of Europe: la Comisión debería crear una agencia de noticias separada de la institución donde periodistas de distintos estados miembros cuenten historias cercanas relacionadas con el proyecto europeo.

En realidad, problema y solución valen para cualquier institución que se enfrenta ante este nuevo clima político. Pero los altos índices de impopularidad de la UE sugieren que lo está sufriendo especialmente. Porque la otra explicación seria que la UE no tiene la verdad de su lado, que su política realmente falla. Si no es así, debe explicarlo correctamente.

PD: Quiero añadir algo tras las elecciones americanas, porque en EUA se ha abierto un debate parecido. No cabe en los cabales de los demócratas de las costas americanas que sus conciudadanos del mid-west y el sun belt hayan llevado a la presidencia a un tipo como Trump (me ahorro los adjetivos). Estas mismas élites costeras ya están reconociendo el error que ha sido tratar a los votantes del magnate como un puñado de xenófobos alocados sin posibilidad de raciocinio ni salvación. Como dicen en el New York Times, “No ridiculicéis a los votantes de Trump”. Las causas de la victoria de Trump, sea el relato de los perdedores de la globalización o más bien una guerra cultural contra la diversidad son extrapolables a Europa, donde el argumento económico incluso gana peso por la endeble recuperación de la crisis. No hay que ridiculizar a los votantes del Frente Nacional  o de Alternativa por Alemania, ni darlos por perdidos, sino intentar llevarles el mensaje o hacer políticas destinadas a ellos. De todos modos, este pulso se medirá el próximo 23 de abril en las elecciones presidenciales francesas y seguro que hablaremos de ello.

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Albert Guasch Rafael

Periodista y máster en integración europea por la Universidad Autónoma de Barcelona. He pasado por redacciones de medios de comunicación (ARA y La Vanguardia) y he obtenido becas para desarrollar proyectos periodísticos en el extranjero. Cuando no estoy estudiando ruso, escribo sobre relaciones internacionales y economía europea.

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